El 15 de agosto del 2025 alcanzamos los 42 grados en el valle de Sariego, algo absolutamente insólito y absurdo que, como turista, te obliga a añadir una capa de crema, pedir la caña en jarra helada y aguantar hasta el último rayo a la fresca de Rodiles, dando por amortizado el atasco de la A-8 y el pago del ticket de “parking de prao” que colabora a “estimular” las
economías rurales.
Y no es un delito querer disfrutar en familia en un paraíso como Asturias, pero el punto de vista es diferente: pues como agricultoras nos la pasamos mirando al cielo y la tierra, conscientes de la fragilidad de ser verdugo y víctima al mismo tiempo.
Este 2026 no hubo que esperar tanto. San Juan nos da la bofetada veraniega con 38 grados y no es sólo que las temperaturas son especialmente anómalas, es que la sequía se arrastra desde las últimas lluvias de mayo, mes que finalizó a su vez con dos jornadas de termómetros disparados.
El riego no da para llegar a todas las raíces y las mallas de sombreo se vuelven imprescindibles, la piel de la manzana no soporta esta conjunción de estrés y radiación y se rinde en quemadura, al igual que los arándanos. Algunos frutos de otra época llegan tempranos, pero las verduras de la primavera se hacen incultivables entre tanta locura.
Todo agricultor es buen devoto de la cofradía de la Santa Queja, eso es sabido. Y, como pensarán algunos, no sin razón…al fin y al cabo es nuestra decisión tomar este camino, pero no conviene olvidarse de que ¡el mundo tiene que seguir comiendo!
Se vienen tiempos de cambio y, para los que vivimos en contacto con la tierra, no basta con una capa más de crema, pues las últimas noches de desvelo lanzan todo tipo de preguntas a nuestra cabeza: ¿cómo imaginarse dentro de 10 años?, ¿cómo adaptarse?, ¿merece la pena?, ¿cómo va a evolucionar la sociedad y qué papel tendremos dentro de ella?, ¿es época de oportunidades o de abandonar el barco y salvar la familia y salud?…
Estas y otras atraviesan en medio de una mezcla de miedo y esperanza.
Por el momento el camino sigue y apostamos por resistir, por vender local y formar parte del ecosistema rural, por defender la vida campesina y su visión de lo sencillo y colectivo, por decrecer por encima del umbral de la dignidad y por una Asturias que apuesta por un modelo agroecológico como estrategia de lucha.
Una tierra soberana y libre, adaptada a quienes habitan sus territorios!
Es costumbre de la agricultora mirar una o varias aplicaciones del tiempo cada día, varias veces al día, mientras se va aprendiendo a adivinar qué día hará mirando al cielo o sintiendo la humedad, el calor o el frío en la piel.
Esta semana me contuve para no hacerlo tantas veces porque las predicciones eran de calor extremo después de varias semanas de sequía (para lo que acostumbramos aquí). Venía ya de unos días de “preocupación por los calores”. Quería estar preparada mentalmente para estar lo más tranquila posible en esos días en los que el trabajo iba a ser más duro y se pondrían en juego las cosechas. Por eso me contuve para no obsesionarme.
No sé si sirvió de mucho, porque llegó el martes, donde empezaban las temperaturas más altas y estaba muy nerviosa.
Reprogramar riegos ampliando a: “regar todas las horas posibles del día”, hacer una intervención pulverizando caolín que haga de filtro en los frutales, colocar todo tipo de sistemas de sombreo en la huerta para amortiguar, cosechar en cuanto había luz para que los productos estuvieran frescos estaba en nuestras manos. Probablemente no mucho más estaba bajo nuestro control en esos momentos. ¡Ah sí!, retirarse de la huerta en las horas de mayor radiación solar para no ponernos malos (eso costó un poco). Estar tiempo en casa también da para reflexionar.
Se me pasan varias ideas por la cabeza… una inicial es miedo, miedo al futuro inmediato por la incertidumbre de si esta misma semana podremos cumplir con los repartos previstos como nos gustaría. Pero el siguiente pensamiento es realmente de gratitud, pensando en que soy afortunada de tener alimentos aunque una parte se pueda llegar a estropear. Gratitud frente a la naturaleza al comprobar al final del día la gran resiliencia que tiene, viendo que las remolachas vuelven a tener las hojas “tiesas”. También reflexión sobre los modelos alimentarios, igual es bueno tener huertas no superespecializadas con variedad de cultivos, árboles, prao…
En parte, creo que estos episodios también nos aportan resiliencia con agricultorxs y como personas. Recuerdo lo mal que lo pasamos cuando la gran granizada de hace unos años nos fulminó casi todos los cultivos. Pero vamos observando y aprendiendo algunas cosas.
No obstante, hay algo más que me preocupa fuertemente, es la conciencia global de las cuestiones ambientales, mirando cómo se comporta la vida en la naturaleza pienso que la Tierra puede que sobreviva sin los humanos, pero quizá al revés no ¿?
Una vez más me doy cuenta de cómo la vida está tan relacionada…y recuerdo el concepto de “one health” que define la Organización Mundial de la Salud que unifica la salud humana, ambiental y de los ecosistemas y reconoce sus interdependencias.
Pero…en mi opinión hay mucho de lo que hacernos responsables, ¿qué acciones de nuestras vidas a nivel político e individual en nuestras casas, promueven realmente esta “one health” que tan acertadamente, bajo mi punto de vista define la OMS?
Me despido con una frase con mucho significado para mí
“¡Salud y buenos alimentos!” (que quizá es lo mismo…)
Sostenibilidad y emprendimiento, dos palabras de las que parece nos gusta hablar. Pero… ¿qué pasa cuándo intentamos convertirlas en una realidad, o al menos en un horizonte? Pues que asustan, pero poco a poco van desencadenando una serie de pequeñas transformaciones personales que se comparten y se contagian. Con esa chispa, algun@s empezamos ese camino de cambio.
Nosotr@s decidimos emprender con una finca de producción ecológica. ¿Y qué implicaciones tiene? Pues un entramado de pequeñas acciones que unen naturaleza y personas, y personas con personas.
Queremos una agricultura enriquecedora a todos los niveles, esto es:
Producción responsable asociada al consumo consciente.
No entendemos cultivar si no es fijándonos y aprendiendo de las interacciones de la naturaleza. Esto supone trabajar en muchas facetas como son la observación, la paciencia, el respeto, la aceptación, el esfuerzo y la interdependencia.
Adentrarse en la producción de alimentos nos lleva a preocuparnos más por lo que consumimos y los procesos que lleva asociados y a la vez, a darlos a conocer a otras personas. Debemos hacernos más conscientes de las implicaciones sociales y ambientales que existen cuando hacemos uso de un servicio o consumimos cualquier producto. Esto va más allá de un sello de “Agricultura Ecológica”. Consumir productos de proximidad, que respeten el entorno (humano y natural) en la mayor medida posible en su ciclo de vida es un gran paso.
Es importante pararse a pensar y hacer alguna reflexión. Quizá debamos poner atención en qué nos hace realmente más felices y human@s y trabajar para que nuestra sociedad avance en ese camino. Podríamos dar valor a aquello que se preocupa por las personas que lleva implícito el cuidado de lo que nos rodea, de la vida en general.
Para nosotr@s el proyecto Cantamisina se forja bajo estos principios de Agricultura Sostenible y ojalá sea semilla de conciencia y de ilusión para generar pequeños cambios en cualquier ámbito.
Es tiempo de rehacer camino con una visión amplia del mundo que nos rodea a través de pequeños gestos.

Cuando se vive rodeado de naturaleza y en contacto con ella, es inevitable que sus fuerzas te afecten.
Con la llegada del otoño, haciendo caso de aquella expresión de «ya se empiezan a notar los días», el organismo va frenando el ritmo y poco a poco se va cambiando al «modo hibernación»; empujado por el bufido del «airón» sobre las chapas mal atornilladas del tendejón de las herramientas, las humeantes chimeneas y las lenguas de niebla bajando por la ladera de Perriellos, inundando el valle y calando el frío hasta los huesos.
Por momentos sufres cuando las babosas se van comiendo por orden de lista alguna fila de lechugas, perfectamente salteadas en tonos marrón y verde, también las prisas en el barro causan algún resbalón y nos hacen soltar una carcajada de rabia y desazón. Al final te ayudan a darte cuenta lo estúpido que es enfadarse con la meteorología que como decía mi tío Tano «Eso del tiempo está bien gobernao»
Como venía diciendo, el enfado dura lo que dura uno mismo en darse cuenta de que vivir así implica tener en la entrada de casa una mancha permanente, unas alfombrillas del coche que jamás volverán a ser lo que eran y unos calcetines que algún día fueron blancos.
Pero no todo es malo, ni mucho menos…
El paisaje va cambiando, bajan las horas de luz proporcionalmente a lo que lo hace el dolor de espalda, ya no hay tanto que plantar, la hierba no crece y las plagas piensan más en encontrar hotel que en molestar a los cultivos.
Hay menos tiempo de huerta y más de ordenador, de analizar esos datos que (otra vez) no conseguiste apuntar como te hubiera gustado.
Este 2024 para bien o para mal, será el resultado de muchos cambios.
Algunos superficiales, pero la mayoría profundos.
Traducidos en una apuesta firme por profesionalizarnos, por desarrollar una agricultura proactiva, inteligente y de futuro; que nos permita dignificar nuestro trabajo y vivir como siempre hemos querido, del campo y en el campo.
Por eso estos tiempos de diapausa, son tan importantes para coger el impulso necesario.
Necesitamos parar, recolocar todo y avanzar, para arrancar una temporada más y seguir llenando las mesas de las casas de productos, frescura y salud. Una tarea de la que nos sentimos plenamente orgullosos.


Algo falló en este sistema que avanza más y más deprisa, más que nuestros propios pasos. Nos aferramos a ese tren que no vacila, que no se pregunta, sólo sigue adelante y va borrando nuestras huellas, arrancando nuestras raíces, que se van separando de esa tierra que siempre nos ha mantenido. Algunos pies no han soportado el frenético ritmo y a rastros vamos hiriendo y castigando el suelo que nos sustenta.
Pero somos humanidad, destructora y bondadosa por naturaleza, somos la cara y la cruz. ¡SOMOS! y en la cualidad del ser esta decisión del ¿cómo ser?
Este alegato se antoja absurdo, pero nos traslada a este mismo lugar en este mismo instante y nos plantea una y otra vez el reto del cambio, un cambio inmensamente limitado a nivel global, pero que resulta inmenso desde la perspectiva humana.

Y en esas estamos… sin entender muy bien por qué, pero aquí nos encontramos, ante este reto enorme y precioso.
Hemos encontrado el germen necesario, la chispa que impulsa todo flujo de energía y esta en particular es nuestra forma de canalizarla.
Nos tiemblan las piernas cada mañana, nos abruma el vértigo de la inexperiencia, del futuro incierto, de los palos en las ruedas y del quiero y no puedo.
La realidad aprieta, pero creemos firmemente en lo que hacemos, pensamos que esta es la mejor forma de cuidar de nuestra salud, la del planeta y la vuestra; la de todos los demás actores de esta singular función.